La cultura en tiempos de crisis






La situación económica actual está transformando profundamente las bases desde las que se venía desarrollando la actividad cultural. Se trata de un punto de inflexión sustancial que está forzando a una revolución cultural en cuanto que se han de descubrir y abrir nuevos cauces y estrategias que no resultan nada sencillos de definir ni tampoco de garantizar su eficacia ni eficiencia. Estas transformaciones tienen un carácter de cambio acelerado de los agentes, objetivos, procedimientos, metodologías y recursos culturales.

Como en otros ámbitos, la crisis económica conlleva una tensión de posiciones y tendencias de base ideológica que replantean el significado mismo de la cultura y sus funciones. Así, el papel de la cultura, tanto como actividad económica como creativa, además del mismo acceso y disfrute de la experiencia cultural parece tomar un segundo plano si lo comparamos con otros ámbitos sociocomunitarios como son la educación formal, el sistema público de salud o el sostenimiento de un nivel de bienestar mínimo que garantice la dignidad de cualquier persona en tiempos de crisis.

Pero, ¿realmente se puede relegar la cultura a ese plano secundario?

Desde luego, hay una parte del sistema de la intervención cultural que, en las circunstancias presentes, podría             verse como banal o elitista. Y, sin embargo, no deberíamos olvidar que la cultura es un motor de cambio, transformación, desarrollo y enriquecimiento socioeconómico que ha de aprovecharse hoy más que nunca.

La industria cultural y su fortalecimiento tiene un peso específico y notable en el producto interior bruto que enriquece económicamente a nuestra sociedad. Además, la intervención cultural comunitaria se plantea en sí misma con benefícios importantísimos y sobradamente comprobados para el empoderamiento comunitario, el autodesarrollo y el bienestar personal y comunitario. De manera tal que las intervenciones culturales comunitarias apoyan, complementan y fortalecen los sistemas públicos de educación y salud, por ejemplo.

Intervenciones como los proyectos de arte y salud, los beneficios terapéuticos de las expresiones culturales, los programas culturales con cursos formativos relativas a las distintas artes, los proyectos de recuperación de prácticas artesanas, la aproximación a la lectura como medio de crecimiento personal, el descubrimiento y acceso democrático a los recursos culturales como bibliotecas, museos, centros culturales... como espacios comunitarios abiertos a la investigación, el ocio creativo, el encuentro comunitario, la integración social... son ejemplos reales del papel de la cultura.

Entonces, ¿nos podemos permitir olvidarnos del desarrollo cultural comunitario o, por el contrario, ahora más que nunca, deberíamos definir nuevas bases para su fortalecimiento e implementación? ¿Y cómo puede lograrse esto?

Para contestar a esto presentaremos en próximas entradas algunas prácticas en desarrollo que puedan servir de orientación a la hora de definir las nuevas bases de nuestra intervención cultural.



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